Guayasamin, pintor con alma de tierra. Publicado en www.elacontecer.com.uy
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Pintor con alma de tierra Por Ricardo Berrutti
El diez de marzo de 1999, moría para seguir viviendo, el pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín. “Huacayñán” o “El camino del llanto”. “La edad de la ira” “La edad de la ternura” son las etapas de este primer hijo (de diez) de un indio ecuatoriano y una mestiza. Es tal vez por ese origen que ya era más profundo que la pobreza, era directamente la miseria, que sus pinturas parecen salidas recién de la tierra: colores apagados, grises, ocres, que acompañan rostros doloridos: los rostros que vivió su niñez descalza y hambrienta. Como todo artista que ha parido esta América tan rica en leyendas, en tradiciones, en dioses y religiones, su arte proviene desde los más hondos rincones de la historia de esas mezclas de culturas, que permanecen dormidas hasta que la fuerza de la sangre las saca a flor de piel, a manos, a canciones, a cumbres que se elevan más allá de las altas cumbres andinas, y reinan en el espacio donde el cóndor reina. Sus mujeres son las mujeres de esos pueblos, sumisas, calladas, prematuramente envejecidas, y, muchas veces, madres solas. Sus niños tienen los rostros de los que Jorge Icaza inmortalizó en “Huasipungo” una denominación que literalmente significa “hijos del viento” y, peyorativamente en castellano se les designa como “hijos de puta”. Ojos tristes, miradas perdidas, resignación muda. A veces, aparecen con una chispa de luz en la mirada, recostados como en un retablo antiguo de la antigua religiosidad cristiana, contra el pecho o el rostro de las madres. Es ahí entonces, donde el color se aleja del color de la tierra, y quiere tener un atisbo de color de cielo. Oswaldo Guayasamín conoció, desde su misérrimo origen, los más altos honores que el mundo ofrece a los artistas predestinados; sus obras se exponen en los principales museos del mundo, y sus más de 180 exposiciones en toda América y en las principales salas de arte de Europa, hablan bien claro, que el arte de estas tierras, se iguala y supera a las de cualquier antigua cultura del mundo. Pablo Neruda decía que Guayasamín junto a los pintores Orozco, Rivera, Portinari y Tamayo forman “la cordillera de los Andes” de la pintura americana. Guayasamín tenía una religiosidad laica muy particular que lo empujó a realizar como última gran obra inconclusa la famosa “Capilla del Hombre” en la que quería resumir los gritos y las esperanzas, la ira y la ternura del tiempo que le tocó vivir. El artista decía: “Mi pintura es de dos mundos: de piel para adentro es un grito contra el racismo y la pobreza; de piel para fuera es la síntesis del tiempo que me ha tocado vivir”. Y agregaba: “La vieja y lejana esperanza de paz es todavía puntal que nos sostiene en nuestra angustia. Si no tenemos la fuerza de estrechar nuestras manos con las manos de todos, si no tenemos la ternura de tomar en nuestros brazos a los niños del mundo, si no tenemos la voluntad de limpiar la tierra de todos los ejércitos; este pequeño planeta será un cuerpo seco y oscuro...” “Pese a todo -concluía- no hemos perdido la fe en el hombre, en su capacidad de alzarse y construir, porque el arte cubre la vida. Es una forma de amar”. |